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jueves, 22 de agosto de 2013

Este loco está muerto


En octubre de 2011se difundió un video que mantuvo a China en conmoción durante varios días. En el video de 7 minutos, grabado por una cámara de circuito cerrado, se veía a 18 personas pasar por al lado del cuerpo de una chica de 2 años, que acababa de ser atropellada. Ninguna de esas 18 personas se detuvo para ayudarla, hasta que al final fue levantada por una cartonera.  Cuando me enteré de la noticia me acordé inmediatamente de este cuento de Han Dong, de un libro publicado en 2008, que había leído un tiempo atrás. No pongo el video porque realmente es medio terrible, pero al que le interese lo puede ver aquí
(http://en.wikipedia.org/wiki/Death_of_Wang_Yue)




Este anormal está muerto
Un hombre yace al costado de la calle. Está muerto.
Esta es la parada del Templo Jimin del colectivo 31. También el 11, el 16 y el 1 paran acá, por eso hay una gran circulación de gente. El hombre está ahí desde el principio. Desde el momento en que las personas lo vieron, lo tomaron como algo que existía al costado de la calle desde siempre; no puede embellecer el entorno, pero tampoco puede producir un sobresalto. Es algo que puede ser ignorado, igual que un matafuegos.
Por supuesto, no es que la gente se haya vuelto insensible al punto de ignorar un cadáver sin sepultura. Sólo que nadie está seguro: ¿realmente está muerto? Tal vez simplemente decidió acostarse un rato, descansar un instante, como tanta gente desvergonzada y sin respeto por las normas de tránsito, que actúan más libres debido a su falta de escrúpulos. ¿Quién sabe si esa persona no está durmiendo profundamente?
Todo el mundo lo esquiva y evita chocarse con él o dedicarle más que una mirada, simplemente por consideración a una cierta forma de vida. Por supuesto, están los que se muestran despreciativos. Pero estoy seguro que son más los que actúan así por temor. Al bajar del colectivo se dispersan en diferentes direcciones: detenerse en lo que nos les concierne podría traer problemas. Algunos, sin embargo, se ven obligados a pasar por aquí más de una vez a lo largo del día, y la vista de ese hombre totalmente inmóvil acostado en el mismo lugar no puede sino llamarles la atención.
Otros, más numerosos, por motivos de trabajo, permanecen aquí todo el día. Se sienten perplejos al ver que el hombre continúa tendido ahí. Como por ejemplo la vieja sentada en la puerta del baño, encargada de cobrarles a los usuarios, el muchacho de la casa de fotografía, y el policía que dirige el tránsito en la bocacalle a cincuenta metros. Con el lento correr de las horas todos ellos, en diferente medida, se percatan de la extraña existencia de ese hombre. Por último, están las moscas, que aterrizan sobre su cuerpo con mayor frecuencia aún que las miradas de las personas.
Por intermedio de las moscas las personas cobran conciencia de lo extraño de su aspecto. La vieja se sorprende primero al notar que la cantidad de moscas en el baño es menor de la habitual, hasta que se da cuenta de que están siendo atraídas por ese mendigo. Hace tiempo que se ha acostumbrado a considerar a las adorables moscas como su propiedad, y ahora no puede evitar sentirse un poco celosa al ver que la han abandonado. Quiere echar al hombre de ahí y recuperar sus moscas. Por eso camina unos pasos en su dirección, gritándole. Al ver que no hay respuesta, la vieja lo patea. El brazo que le tapaba la cara cae hacia un costado y descubre una cara agrisada. La vieja da un grito, y todos saben en ese mismo instante que aquí ha muerto una persona.
Finalmente ha logrado generar alboroto, aunque efímero. Entre las personas que lo rodean hay un hombre maduro que encuentra horrible el espectáculo, y piensa que, como se acostumbra en estos casos, es necesario cubrirlo de alguna manera. Busca a su alrededor algo con lo que cubrirle la cara, pero no encuentra nada adecuado. Qué sorprendente es el progreso de la civilización urbana: salvo pétalos de flores, en esta vieja calle de cien años no hay nada adecuado para ese fin, porque el amor por la limpieza se ha convertido en un hábito establecido, y las personas tiran carozos y demás desperdicios dentro de los tachos. El viejo suspira, apenado, sintiendo nostalgia por un pasado mejor. Luego se acuerda de un bazar cercano y se dirige hacia allí a pedir una caja de cartón.
Puesto que pueden convertirse en dinero, las cajas usadas no son basura. Cerca de aquí hay tres universidades. Los estudiantes suelen comprarlas por un yuan para embalar libros u otras cosas. Para el dueño del bazar, estas cajas son uno de los negocios más rendidores, por eso no está dispuesto a deshacerse de ellas livianamente. El viejo le dice que hay un muerto allá, que necesita dos cajas de cartón. El dueño responde: “¿Y qué tiene que sea un muerto? Las cajas hay que pagarlas.”
El viejo responde que el muerto no es conocido suyo, que por qué habría de poner plata. Como no tiene ganas de pelear, el dueño le termina entregando una caja a cambio de medio renminbi. Podría decirse que es un descuento. Le pide a su mujer que se quede cuidando el negocio y sigue al viejo, deseoso de ver el espectáculo.
El viejo desarma la caja y le tapa la cara al muerto. El resto del cuerpo queda necesariamente al descubierto, ya que no hay más cajas. Completado el trabajo, retrocede un poco para admirar su obra. Ahora sí es otra cosa.
Con la caja sobre la cabeza, ahora se parece menos todavía a un muerto. Parece más bien un vagabundo que, luego de taparse con cualquier cosa para cubrirse del sol, se ha tirado a dormir en la vereda. Su presencia en esta calle atiborrada de gente es realmente un hecho hermoso. Por supuesto, así también resulta extremadamente fácil que se produzca un malentendido. El viejo teme que lo confundan con una persona viva. ¿Quién sabe acaso de qué enfermedad murió? No hay que descartar la posibilidad de contagiarse alguna enfermedad extraña en caso de acercarse demasiado. Siente que le pica el dedo, arde en ganas de escribir unas palabras sobre el cartón, una advertencia para la gente. Justo en este momento un joven con aspecto artista saca un marcador grande de un bolsillo y se lo entrega: “Use esto”. El viejo agarra el marcador y lo sopesa, dice: “Qué olor a aceite.” Antes de escribir busca un diario viejo y practica un poco.
“Hace tiempo que no escribo, no se rían si escribo mal”.
El joven artista dice: “No sea modesto...”
Habla con una dicción meticulosa. El viejo piensa que entre los presentes el joven es el único con un poquito de cultura (al menos lleva un marcador encima, no cualquier marcador además, sino uno como los que se usan para escribir caracteres antiguos); por eso, delibera una y otra vez con él, sin decidirse. La vieja que cuida el baño resulta estar más informada, cuenta que el muerto era un loco, un enfermo mental. El viejo dice: “Ya lo tengo”. En seguida garabatea unos pocos caracteres grandes sobre el cartón: “Este loco está muerto”.
El público alrededor lo aclama, elogian su caligrafía. El viejo dice: “¡Qué va a estar bien! Si tuviera un pincel sería otra cosa.” Le devuelve el marcador al joven artista y abriéndose camino entre la muchedumbre se aleja majestuosamente. El joven artista continúa el trabajo del viejo, saca una tiza (¿por qué tiene tantos objetos para escribir? Este hecho llama la atención de todos), y dibuja un círculo sobre el suelo de ladrillo alrededor del loco, dejándolo encerrado dentro del círculo. Esto no requiere ninguna habilidad, sólo es necesario unir el punto de partida con el final. El resultado es bien claro, todos los espectadores se encuentran dispuestos ahora fuera del círculo. Luego el joven artista también se va. La primera multitud en concentrarse en este punto se separa, cada uno sigue su camino.
Sólo el loco sigue acostado ahí, sin cambiar de parecer, ahora con una caja de cartón sobre la cabeza. Más ignorado incluso que antes (salvo por la entusiasta compañía de las moscas).
Las personas son atraídas por las flores de cerezo que llenan los árboles. Sólo las moscas, excitadísimas, forman una trama densa. La vieja que cuida el baño las maldice: ¡moscas inútiles, huelen carne y ahí van! Si no fuera por su innata lealtad al puesto de vigía, ahora mismo también se iría, furiosa. Una lástima que no pueda mudar de lugar el baño, sólo le queda sentarse ahí con su sensación de abandono.
Media hora después pasan corriendo por la calle dos estudiantes de primaria, persiguiéndose uno al otro. El de adelante, por mirar hacia atrás, sin darse cuenta se choca con el cuerpo del loco y está a punto de caerse. Ágilmente salta con una pierna sobre el loco y sigue corriendo. El de atrás se para frente al cuerpo y le grita al de adelante: “Te chocaste contra un muerto”. El otro lentamente regresa, se para frente a la línea blanca y dice, leyendo en el cartón: “Es un loco”. El otro dice: “Es un muerto”.
Se arma una discusión entre los dos, cada uno utilizando como prueba las palabras escritas sobre el cartón. Puesto que los argumentos son parejos, discuten acaloradamente. Al final llegan a un punto de acuerdo: se trata de un loco, pero ya está muerto. Se trata de un loco muerto.
El que recién corría adelante dice: “Recién le di una patada”. Como si por esto ya no temiera a ese compañero más alto que él. El alto dice: “Lo chocaste sin querer. ¿Te animás a hacerlo de nuevo ahora?”
El bajito dice: “¿Por qué no me voy a animar?” Tiene ganas de avanzar y darle una patada al loco, pero teme que el alto aproveche para agarrarlo. Cada uno está parado de un lado del círculo, separados por el loco. El bajito teme que la incitación del alto a patear al loco sea una treta. Al parecer le teme más al alto que al loco.
El alto dice: “Yo no tengo miedo”. Camina hasta dentro del círculo y le da una patada a la caja de cartón. Puesto que la distancia que lo separa del alto ha disminuido, el bajito no puede evitar retroceder unos pasos. El alto entonces dice: “Cagón. ¡Te da miedo un muerto! ¡Te da miedo un loco!”
El bajito dice: “No tengo miedo. Puedo quedarme parado ahí adentro tanto tiempo como vos”.
La competencia entre ambos atrae espectadores. Los peatones comentan animadamente, pero no tienen ningún interés por el loco, observan el coraje de los chicos y expresan un elogio sincero. “¡Nosotros de chicos éramos demasiado educaditos! Nada que ver con estos chicos de hoy.”, dicen. A esta altura el alto ya ha olvidado su objetivo original: capturar al pequeño. Parado dentro del círculo cuenta en voz alta. El bajito se pone celoso de la gloria tan fácilmente adquirida por el alto, y sacando valor no sabe de dónde entre en el círculo y lo saca de un empujón al alto.
“Puedo quedarme acá parado tanto tiempo como vos”.
Poco dispuesto a ser dejado de lado, el alto entra de nuevo al círculo, y ambos se quedan de pie adentro igual que dos pájaros en una rama, hasta que los espectadores pierden poco a poco el interés y sólo quedan ellos dos y el loco en ese tramo de la calle. Entonces, los dos casi al mismo tiempo se dan cuenta de la posibilidad de atrapar y ser atrapado, el bajito da un salto hacia atrás, fuera del círculo, y sale corriendo, el alto se olvida del loco y corre detrás del otro. Se alejan corriendo a los gritos, hasta desaparecer.
El loco una vez más es olvidado por todos. Excepto por las moscas inseparables, no hay nadie que le preste atención.
Cuando bajé del colectivo eran las cuatro de la tarde. Todos los que bajaron conmigo vieron al loco, pero nadie tiene interés de permanecer aquí. Si no fuera porque tengo que esperar a mi novia yo también hubiera seguido de largo. Pero da la casualidad de que nuestro punto de encuentro es justo el lugar donde el loco ha muerto.
Mi novia todavía no ha llegado. Aunque suele ser impuntual, raras veces llega al extremo de hoy. Yo soy de esas personas que mantienen su palabra a rajatabla de forma casi enfermiza, en ningún momento me atrevo a alejarme ni medio de paso de aquí. Puesto que el loco ocupa mi punto habitual de reunión, sólo me queda mirar fijo al loco, desde mi puesto a tres pasos de distancia, contra una pared. No es que esté mirando al loco, sino que estoy prestando atención al lugar de encuentro establecido. Al mismo tiempo, sin embargo, no puedo no ver al loco, y además durante un tiempo largo. Veo una de las piernas, desnudas, el músculo bastante desarrollado, pelo espeso, para nada inferior a mi propia pierna. Las moscas igual que aviones aterrizan continuamente, emitiendo un zumbido. Lo único en lo que diferimos es en lo siguiente: la piel del loco es azul gris, mientras que la mía todavía es blanca con trasluz de rojo, un color agradable. Cuando me doy cuenta del olvido inusitado que experimenta el loco tendido ahí, me pregunto: ¿por qué, salvo yo, no hay nadie que mire al loco? Me temo que esto está en parte relacionado con el motivo por el que mi novia y yo hemos elegido este lugar como punto habitual de reunión. Las discusiones de alrededor, las peleas, un policía atrapando a un ladrón: todas estas cosas son nuestro programa diario. Tal vez no sea una exageración decir que vuelven más vital nuestra vida amorosa. Recuerdo que una noche un hombre recibió un ladrillazo, la sangre empezó a brotar de su cabeza, los hilitos eran transparentes, interminables, pero la herida permanecía invisible. Mi novia quedó shoqueada. Esa noche cogimos como nunca antes, cuando poco antes habíamos estado a punto de separarnos. Estoy seguro de que no fuimos los únicos que se beneficiaron esa noche del espectáculo de la sangre.
Puede que el loco sea demasiado silencioso, que no tenga nada excitante o digno de mencionar. El hecho además carece de cambios. Él (el loco) casi no es un hecho, es más bien una cosa, un signo que nadie entiende ni tiene necesidad de entender. Nadie puede sentir interés por algo así. Somos animales de instinto y percepción, cada vez menos habituados a reflexionar. Reaccionamos ante aquello que se mueve, entendemos sólo lo que vivimos nosotros mismos.
Justo en el momento en que pienso esto se acerca un extranjero, rubio, ojos verdes, abrazado a una compatriota mía, hermosa y delicada. Se detienen delante del loco. Pienso: Un gringo. Ellos creen en dios, no pueden ignorar a un hombre pobre tirado en la calle, muerto.
Paro las orejas y escucho su conversación. El gringo parlotea en forma incoherente, no entiendo una palabra. En cuanto a mi compatriota, sí que entiendo: le está explicando al gringo lo que está escrito sobre el cartón. Respecto del primero y los últimos dos caracteres no parece haber ningún problema. Sólo el segundo (“loco”) le demanda bastante esfuerzo.
La chica le dice al gringo: este caracter, acá, no signfica “estar”, en el sentido de “estar en un lugar”. Acá es un sustantivo, significa “loco”, persona con una deficiencia mental o atraso.
El gringo asiente satisfecho, excitadísimo por esta nueva palabra que acaba de aprender. Repite, con su acento extraño: “El loco, el tonto, está aquí. El loco está aquí. El que está aquí es un loco”.
La chica lo aplaude y lo elogia por su capacidad para usar la palabra nueva. Se abrazan delante del loco, se besan ruidosamente. Cuando los labios se separan él exclama de nuevo: “¡El loco está aquí! ¡El loco está aquí!”
Luego se alejan entre exclamaciones.
“Locos.” La vieja que cuida el baño los sigue con la mirada mientras se alejan. Sólo en este momento me doy cuenta que no soy el único que ha estado prestando atención a la pareja.
Durante largo tiempo me quedo mirando, absorto, hacia el lugar por el que desaparecieron. “¡Loco!” De repente siento el golpe de una cartera, levanto la vista y veo a mi novia. Se ha acercado desde la dirección opuesta a la pareja (la misma dirección en la que yo estaba mirando absorto), ha llegado hasta mi lado sin que me percatara.
“¿Qué mirás? Linda la novia del gringo, no?” dice alegremente.
No ha visto para nada al loco debajo de la caja de cartón. No lo ha visto porque ha venido mirando todo el tiempo en mi dirección, de la misma forma en que yo, por mirar al gringo y a la chica, no la he visto venir a ella. Este es una cuestión de direccionamiento de la atención. Sonrío y me disculpo, y luego me quejo: “Llegás muy tarde!” Sé que va a decir: “Las mujeres somos innatamente impuntuales”. Sin embargo, para mi decepción, no lo hace.
Su explicación hoy es más completa que lo habitual. “Tenía que vestirme bien, maquillarme un poco, ¿sino cómo me iba atrever a estar en presencia de unas flores tan hermosas?”
Al escuchar estas palabras me acuerdo de golpe del motivo de nuestro encuentro hoy: hemos venido para sacar fotos. Desde hace unos días, los cerezos se encuentran en flor y todos los amantes de la belleza vienen aquí a sacarse fotos. En nuestro caso, esto es más natural inclusive porque se trata de nuestro lugar habitual de encuentro.  Todos los años, desde hace al menos siete u ocho años, en esta época, venimos acá a sacar fotos. La flor del cerezo es la flor que representa nuestra relación. En nuestro álbum de fotos se ven un montón árboles florecientes, grandes y altos, aunque en la realidad no es tan fácil: es necesario saber capturar el momento adecuado. No se trata de algo que pueda verse todos los días. Cada año, en un momento particular, un momento muy breve, de golpe hay un día en que el árbol florece entero; luego las flores se marchitan rápido, en no más de dos o tres días, lo cual las hace mucho más preciosas.  Además, tampoco se encuentran en todas partes. En nuestra ciudad todos los cerezos están concentrados en esta calle. No son más de veinte o treinta árboles, transportados a través del océano desde Japón. Su historia es también bastante breve (unos diez años). Desde este punto de vista, no sólo son hermosos, también están de moda, cargados de exotismo. Para nosotros esas flores poseen un sabor extranjero. Fotografiarse con los cerezos no puede compararse, ni de lejos, con fotografiarse con un ciruelo o un duraznero. Afortunadamente, cada vez son más los que se percatan de esto. Ya no estamos solos. Ahora, en los días en que los cerezos florecen, por cada árbol pasan cada día unas setenta u ochenta personas, dan vueltas alrededor del tronco, se fotografían, con una expresión de maravilla en la cara. Se puede decir, sin exagerar: observar los cerezos en flor se ha convertido en una de los hábitos nuevos más atractivos de nuestra ciudad.
Cámara en mano avanzamos hacia las flores rosas y blancas que llenan los árboles. No nos queda mucho tiempo, ya estamos cerca del anochecer, hay que apresurarse a sacar las fotos. En el encuadre de la foto veo una belleza poco común en nuestro mundo. ¿Por qué no había percibido esta realidad tan simple cuando esperaba hace un rato en la calle? A causa del amor; porque, para mí, las flores no son importantes en lo más mínimo;  es mi chica lo que me parece deslumbrante. Un mundo lleno de flores de cerezo, pero sin ella, me parecería un mundo frío y sin sentimiento. Sólo con ella las flores cobran sentido, se vuelven brillantes y coloridas.
Mis ojos se ponen borrosos en el momento en que me doy cuenta de esto. El ojo derecho debe permanecer abierto, para sacar el paisaje más hermoso posible. La lágrima sólo puede salir a través del derecho, medio cerrado. Para la reevaluación y comprensión de nuestro amor, este rito anual es crucial. No puede faltar. Es lo que garantiza la continuidad de nuestra relación durante el resto del año. Debo hacer mi mejor esfuerzo, me advierto a mí mismo. Rápidamente saco las fotos, a la vez que reflexiono, criticándome por mi ánimo depresivo de hace un rato.
A través del encuadre veo de nuevo al loco, provisto también de una belleza sin par. Por ejemplo su pierna desnuda. Hace un rato sólo veía las moscas posadas sobre ella, ahora veo también los pétalos que caen flotando encima. Por supuesto, tengo que estar atento para evitar que mi novia se de vuelta, para evitar que vea esos pétalos. Aunque ellos también son hermosos, no pueden compararse, al fin y al cabo, con los que están en flor sobre la rama. Temo que mi novia, tan sensible ella, se ponga triste pensando en que las flores se marchitarán.


Al día siguiente, a la tarde, llega hecha una furia y tira las fotos recién impresas sobre mi mesa, diciendo: “Todas arruinadas, mirá” En las treinta y seis fotos, sin excepción, además de ella y las flores aparecen esas cuatro palabras  terribles: este loco ha muerto. “¿Qué estabas pensando? ¿Por qué le sacaste a esa caja?” No se le ocurre preguntar, por suerte, qué había debajo de la caja. Le respondo que fue totalmente sin querer, y acepto ir de nuevo al otro día a la tarde a sacarlas de nuevo. “Esta vez te aseguro que no va a haber ninguna caja”, le digo.
Al día siguiente vamos a fotografiar las flores. En efecto, el loco y la caja han desaparecido de la escena, pero en las ramas de los cerezos no queda ya ni una flor. En una sola noche todas las flores se han marchitado. Sólo quedan las ramas todas desnudas y alguna que otra hojita.







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